Sin más preámbulos, iniciemos nuestro relato.
Esta es una historia verdadera.
Corría la década de los cuarenta, y sentados alrededor de una estupenda mesa antigua de un restaurante limeño, había tres grandes amigos: Alfredo, Miguel y Jaime. Charlas van, charlas vienen, llegaron a tocar asuntos serios. El punto es que tocaron el tema de si había vida en el "otro mundo" y entre los tres acordaron que, para verificar si había vida en el más allá, el primero en morirse, en el mismo día de su sepelio, tenía que enviar una señal clarísima, grande, indubitable, al nivel que a los otros dos no les quedara el menor resquicio de duda de que efectivamente había vida en en el más allá y que el emisor de la señal estaba en la Gloria. Es decir, si el fallecido no estaba en la Gloria, no se produciría la señal. Todo esto debía suceder a la medianoche en punto.
Los tres íntimos amigos sellaron su acuerdo con su propia sangre, pues cada uno se pinchó un dedo y con esa mezcla de las tres sangres, firmaron un documento que contenía los precedentes expuestos. Así de seria fue la cosa en esta locura de juventud.
Aquí hay que hacer una aclaración: los tres estaban en pleno uso de sus facultades. Este pacto, para algunos, rayano con la insanía, los asustó a ellos mismos. Asi que optaron por dejar las cosas ahí y retirarse, sin consumir nada de lo que habían ordenado.
Pasaron los años, que no fueron tantos, y el destino hizo que Jaime, que era aviador, estrellara su avioneta fumigando algodonales en la ciudad de Chincha, a 200 kilómetros al sur de Lima. Alfredo, que era su mejor amigo, como ya lo dijimos, fue el encargado de ir a recogerlo y traerlo a Lima para el velorio y posterior entierro. Una persona muy cercana a él me contó que ese día, desde que Alfredo supo lo que había pasado, estuvo actuando de una forma fuera de lo común. Tan fuera de lo común que provocó que esta persona le preguntara qué le pasaba, a lo que Alfredo le respondió: "espérate a la medianoche...".
Pasó el servicio religioso, al que por cierto, Miguel no asistió (nunca se supo por qué), y todos los asistentes partieron a sus casas. Cuenta la historia que Alfredo se recostó en su cama, como a las 8 pm, con los ojos abiertos y mirando hacia el techo. Parecía estar esperando algo.
Esta misma persona cercana, que era su esposa, le volvió a preguntar qué le pasaba. A lo que él respondió: "hace apenas horas que ha muerto mi mejor amigo, pero espérate a la medianoche, porque Jaime me va a decir algo".
En el primer piso de la casa de Alfredo, había un reloj antiguo de péndulo que marcaba las horas con campanadas que se escuchaban por toda la casa. Cuando llegaron las doce de la noche, el reloj comenzó a sonar, como pasaba en todas las horas desde hacía años. Entonces Alfredo comenzó a contar: "uno, dos, tres, cuatro...", hasta llegar a las doce campanadas. En eso se escuchó un solo ruido que llegó con un estruendo terrible que asustó a todos los que lo oyeron.
Alfredo dijo entonces, con una calma tremenda y casi con alegría: "Bueno Jaime, ya sé que estás en la Gloria".
¿Qué había sucedido, además del ruido? Lo supieron a la mañana siguiente, cuando se dieron cuenta de que la totalidad de las puertas de la casa, desde la puerta de entrada de la casa hasta la más pequeña puerta de clóset, tenían grietas que las atravesaban verticalmente, de arriba a abajo, con un corte limpio que las dividía a la mitad. El corte era tan limpio que era como si hubieran pulido la madera después de dividirla. Las grietas tenían más o menos medio centímetro de ancho y, como ya dije, atravesaban todas las puertas de arriba a abajo. Si bien eran resquicios gruesos, los remaches superiores e inferiores de las puertas que unían ambas mitades hicieron que estas siguieran cumpliendo su función a la perfección. Tanto así que Alfredo nunca quiso arreglarlas, en homenaje a la señal de su amigo Jaime.
Eso si, el reloj de péndulo nunca volvió a funcionar. Cada vez que lo mandaban a arreglar, se volvía a malograr.
Tengo la seguridad de que esto sucedió porque Alfredo era mi padre, y su esposa era mi madre. Las puertas permanecieron en ese estado, incluso después de que me fui de casa de mis padres.
Por eso es que también estoy totalmente seguro de que la Gloria existe.
No me preguntes, Esteban, si hay fantasmas. Personalmente, no sé cómo llamarlo, si otra vida, otra dimensión, otro plano. Lo que sí sé es que existe un algo inexplicable que está ahí, para el que quiera creer.
La segunda historia no la voy a poder contar. Espero sepan comprender.
PD: en cuanto a Miguel, tiempo después mi padre se enteró de que a la misma hora ese día, se rompieron algunos de los vidrios de las ventanas de su casa. Mi padre y Miguel jamás comentaron lo ocurrido.
