viernes, 8 de agosto de 2014

Tarde de árboles, ardillas y duendes

El otro día, en una tarde de invierno, salí a pasear al parque que está cerca de la iglesia de Fátima, en Mraflores. Ya había visitado el sagrario cuando a la salida me encontré con este árbol que me pareció hermoso. En realidad, siempre lo veo pero no me había fijado en detalles concretos, como la cantidad de pasajes que su trono forma. Parece un árbol de cuento, donde se esconden gnomos, duendes y demás. Como ven, el árbol hace que la imaginacióm vuele libremente.

El árbol de los duendes
Luego continué mi paseo de vuelta a casa, donde me encontré con una sorpresa.

En un momento, sentí revuelo por encima de cabeza, que provenía de las frondosas ramas de los árboles que pueblan las pocas cuadras que hay entre la iglesia y mi casa. Alcé la vista y alcancé a ver a dos ardillas que corrían veloces, una tras la otra. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a sacar el teléfono para tomarles una foto. Nuevamente, mi imaginación voló y con la imagen del árbol de los duendes todavía fresca en mi recuerdo, las imaginé correteando ruidosamente en el tronco de ese árbol.

Con esa imagen compartida de árboles mágicos, ardillas veloces y duendes regresé a la casa.

Fue un final extraordinario a lo que empezó como una tarde invernal limeña común y corriente.

miércoles, 18 de junio de 2014

Cyrano está de vuelta

Queridos todos:

Heme aquí, aquí heme, como diría un estupendo cómico peruano hace ya algunos años.

Estoy vivo. Permanecí oculto un tiempito, pensando en mí y en los demás. Y he llegado a la conclusión de que no es bueno estar oculto, así que estoy de vuelta, listo para seguir contando mis historias cotidianas, para leer los blogs de mis buenos amigos y de recibir las buenas vibras que siempre son útiles.

Nada más. Cyrano ha regresado.

martes, 4 de marzo de 2014

El perro de la tía Vero

En mi reciente viaje a Chile, a comienzos de febrero, fuimos con la familia a la casa de la tía Vero, que tiene un perro que me recordó mucho al can que mencioné en mi entrada anterior. Era un hermoso animal manso, bueno, grande, de cola muy inquieta, curioso, blanco, en fin, todas las cualidades que hacen que uno quiera darle golpecitos cariñosos en la cabeza a pesar de ser un perro desconocido.

No solamente me hizo pensar en aquel perro visto al azar en una calle limeña semanas antes. También me hizo acordar a mi perro Leo, un pastor alemán que fue mi fiel compañero durante 18 años. Todavía me emociono cuando recuerdo a este querido amigo. En los tiempos de Leo conocí a Pablo, quien sigue siendo mi gran amigo, y que además es criador de perros. Pablo es una de las dos personas que escribieron prólogos para mi libro, El párkinson y yo.

Volviendo a la visita a la tía Vero, fue un día de campo con la familia de mi segundo hijo, un tremendo familión que lo pasó de lo mejor, tres generaciones unidas en una jornada memorable en una casa rural a las afueras de Santiago que nos permitió pasarla muy bien juntos, disfrutar de nuestra compañía mutua y generar recuerdos para las generaciones que recién están creando sus memorias. Por mi parte, nunca olvidaré los afanes de Gladys de recolectar toda la fruta que pudo, para que la suegra de mi hijo pudiera hacer una deliciosa mermelada que después compartió con todos nosotros.

Ese día, escuchando los gritos infantiles, las risas de todos, mirando al perro cuyo nombre he olvidado, tratando de captar hasta el más mínimo detalle de lo que veía, oía, sentía y percibía pensé que la felicidad se trata de eso, de momentos, de instantes que si no los captas se te escapan para siempre. Por eso lo eternizo en esta bitácora, para que ese memorable día quede registrado en palabras escritas, que siempre son más tangibles que los recuerdos que no se comparten.

El día terminó de manera deliciosa, a la altura de las circunstancias: comiendo empanadas y pastel de choclo. ¿Qué más se puede pedir?

Ya desde Lima, hago llegar un saludo a mis amigos blogueros santiaguinos, con lo que esta vez no me pude reunir. Quedará pendiente para una nueva oportunidad. Así lo espero.

viernes, 7 de febrero de 2014

Paredes que hablan

Un día, como de costumbre, iba con Gaby a hacer unas compras y al banco para sacar una platita para mi cercano viaje a Chile. Como ustedes saben, vivo en el distrito limeño de Miraflores, donde se encuentra de todo, como en cajón de sastre.

Mi casa queda muy cerca de todo, en un radio de cinco cuadras encuentro bancos, supermercados, cines, librerías, cafés, restaurantes de todos los precios, heladerías, hoteles, artesanías, tiendas por departamento, casas de cambio, una oficina de correos, encima con la tremenda ventaja de tener el mar apenas a dos cuadras.

Entre las muchas cosas que puedo encontrar en paseo por las calles de mi barrio están paredes de todo tipo, desde las muy cuidadas y limpias hasta las que están en total abandono, deterioradas y en estado lamentable. Esas son las paredes que revisten mayor interés, pues no pasan desapercibidas a los ojos de los artistas callejeros que son los grafiteros. Y en poco tiempo, una pared abandonada se convierte en una obra de arte, colorida, llena de vida. En fin, pasa a ser una de las tantas paredes que hablan.

Soy consciente de que los grafiteros están prohibidos en muchos lados. Acá se les aprovecha para mostrar su arte de grandes pintores al paso.

Al paso estaba yo el día que les contaba en las primeras líneas de esta entrada, cuando por atener el teléfono Gaby se dertuvo para poder hablar. Estábamos en plena avenida Larco, muy miraflorina, cuando llegó una muchacha que llevaba en la mano una cadena que en su otro extremo tenía a un tremendo perro muy lanudo, tan lanudo como manso y enorme. Y era realmente grande. El perro y yo nos miramos, debe haber sido una conexión que creí dormida desde los tiempos de mi querido y siempre recordado Leo que me acompañó fielmente durante 18 años, pero la cosa es que el perro se me acercó sin dudar, directo a lamerme la mano. A pesar de su tremendo tamaño, no sentí la más mínima aprensión, me dejé lamer. La dueña, sabiamente, lo cortó tan mágico momento. Se paró y miró sonriente, dejó que un extraño acariciara a su perro, dejó que su perro fuera acariciado por un extraño.

Unos momentos después, la mujer jaló al perro, Gaby cortó la llamada y cada quien siguió su camino. Nosotros entramos al banco. Mientras esperábamos nuestro turno de ser atendidos, vi por los ventanales del banco al mismo perro, a la misma dueña, rodeados de siete personas con el inconfundible aspecto que tienen los turistas, todos mirando al perro, algunos acariciándolo, algunos conversando con la mujer. El can estaba feliz, y se notaba.

Me llamaron a la ventanilla y ya no vi más. Terminada la gestión, ya la escena de la calle había cambiado, no vi al perro por ninguna parte. Y además vi nuevos grafitis, uno en la puerta de una bodega y otro, mucho más colorido, un poco más adelante.

Me gustó tanto que no me resistí a tomarle una foto, y a publicarla en este blog.

¡Nos vemos a mi vuelta de Chile!