lunes, 16 de enero de 2012

El París-Dakar

Desde que era un niño, estuve metido en el ambiente de los fierros pues mi padre fue campeón de motociclismo en un circuito en Chorrillos que, copiándole el nombre al famoso circuito italiano, los aficionados de la época denominaron la Tourist Trophy Peruana.

Acompañaba a mi padre a cuanta carrera de moto o auto había en Lima y él siempre me llevaba a la zona de pits. Todos los corredores y mecánicos eran mis tíos de cariño y la pasaba muy bien entre el olor a aceite quemado y caucho que se percibía en el ambiente.

Desde esos lejanos tiempos me convertí en un aficionado a las competencias de ruedas. No me perdía ninguna y no me pierdo ninguna.

No sé a quién se le ocurrió la estupenda idea de que el que considero el más famoso rally de todos los tiempos, el París-Dakar, se realizara en tierras sudamericanas. Como sabemos, ayer domingo 15 de enero de 2012, culminó en Lima el París-Dakar, después de quince días de extenso recorrido y complicadísimas rutas por tierras argentinas y chilenas para terminar en el Perú.

Y por supuesto, yo no falté a este gran acontecimiento.

Ahí estaba yo viendo los recorridos por televisión, los resúmenes al final de cada jornada, siguiendo las notas en los periódicos y en los noticieros. Casi todos los días llamaba a mi amigo Manolo para compartir opiniones sobre las novedades del día. Manolo también tiene la misma afición por las ruedas.

Al fin lo convencí para ir a ver pasar los autos, camiones, motos, cuatrimotos, camionetas desde un lugar estratégico. Así que, una soleada mañana de domingo, Manolo pasó por mí. Salimos de Miraflores rumbo a un puente que cruza de la Vía Expresa, que era por donde los participantes iban a pasar en su camino a la Plaza de Armas, lugar donde estaba ubicada la meta y donde sería la premiación.

La emoción que me embargó al ver pasar a estos tigres del desierto fue indescriptible. Pude apreciar en vivo y en directo las máquinas con todo su verdadero poder, y eso que era solamente una etapa de enlace. Aun así los vehículos pasaban muy rápido, desplegando toda su fuerza mecánica, pintados de diferentes colores y con los brillantes y coloridos anuncios de sus auspiciadores, que le daban más vida a los fierros.

Manolo y yo estábamos tan cerca de los coches que hasta pude percibir el olor del aceite quemado y caucho. Retrocedí años en el tiempo, lo que me transportó a otra dimensión.

Me di cuenta de lo bonito que es vivir para ver que un sueño se cumpla. Ayer pude ver el París-Dakar en vivo y en directo, a escasos metros de mí, como cuando era niño y mi padre me llevaba a los pits.


10 comentarios:

  1. Lalo, me has hecho acorde de cuando innatos a chosica a ver pasar los carros de los caminos del inca!
    Un anexo
    Manolo

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    1. Hola Manolo:
      Te sugiero desactivar la función de texto predictivo, que suele ser la causante de esos destrozos. Se supone que ayuda, y al final resulta ser una incomodidad.

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  2. Repetiré mi comentario porque el corrector de ortografía ha hecho destrozos con lo que quise decir!
    Lalo, me has hecho acordar de cuando nos íbamos a Chosica a ver pasar los carros de los Caminos del Inca
    Un abrazo
    Manolo

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    1. Como no recordar aquellos tiempos, donde nos poniamos al borde de la carretera, para ver pasar los autos Manolo.

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  3. Debe haber sido todo un espectáculo, Cyrano. Qué bueno que hayas podido ir a ver este espectáculo en vivo y en directo, y mejor todavía con alguien que disfruta tanto como tú de las carreras.

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    1. Todo un espectaculo,Gabriela,tu lo has dicho...

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  4. En efecto, querido primo, es lindo vivir para ver que un sueño y muchos más se cumplan...

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  5. Siempre nos sorprende con su vitalidad y ganas de
    vivir, a pesar de estar cercado por los males que le aquejan, su palabra escrita nos hace meditar sobre el valor de la vida y que vale la pena enfrentar día a día sus desafíos.

    Sus escritos son como una brisa fresca que trae a la memoria la humedad del rocío, la luz del sol de mañana y el olor de los frutos maduros.

    Un gran abrazo y quedamos a la espera de su siguiente columna.

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    1. Gracias por sus inmerecidas palabras, Juan.

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