No tengo el gusto de conocerte, aunque quién sabe si nos conozcamos algún día. Sean estas breves líneas para decirte que admiro tu tranquilidad y compostura. Eres una niña que ha sido condenada por homicidio por un pueblo que se ha olvidado de que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Yo no sé si tú has tenido algo que ver con la muerte de Ciro. Las investigaciones que lleven a cabo el Ministerio Público y el Poder Judicial terminarán (ojalá) por llegar a lo más cercano a la verdad.
Te cuento que estos en estos doscientos seis días he sentido que vivía en la etapa más oscura de la historia del hombre, la Edad Media, época en que las ejecuciones era públicas. Donde se condenaba sin prueba alguna a inocentes, donde el terror era el alimento diario y donde el pueblo, dentro de su ignorancia, hacía fiestas alrededor de la sangre.
No acuso desde ningún punto de vista al doctor Ciro. Creo que es un padre ejemplar, que llegó al límite de la resistencia humana para encontrar a su hijo. Y lo encontró. Yo hubiera hecho lo mismo, porque no es natural que los hijos mueran antes que los padres. Admiro la cordura de la madre y de los hermanos, que supieron llevar estoicamente tan terrible dolor.
Pero de ahí a que más de 10 mil seres reciban los restos de un muchacho (que se ha hecho conocido por el levantamiento de la noticia de parte de los medios con la finalidad de vender más o por el rating) griten casi a una sola voz "Ciro es un ángel, es un santo. Rosario es una maldita asesina", agitando sus blancos pañuelos en una actitud descomunalmente histérica es otro cuento.
En definitiva, un pueblo ignorante (que no es un insulto, sino una palabra que significa no saber o no entender) te ha condenado por un delito que es posible no hayas cometido. Ya que la presunción de inocencia, derecho fundamental de la persona, no ha existido para ti.
Para terminar me dirijo a usted doctor Ciro, tratando de comprender su dolor, lamentando profundamente la muerte de su hijo. No vuelva a repetir que el terremoto del último viernes se produjo porque en ese preciso instante se estaba a enterrando a su hijo. Eso, mi muy estimado doctor, es una blasfemia y no una verdad. No se contagie de los medios. Guarde usted su luto lo mejor que pueda, pero basta de culpar sin prueba alguna a una niña-mujer cuyo único delito, hasta el día de hoy, ha sido haber sobrevivido a una tragedia.
